Cuando el GPS me mandó al amor (y a un sembrado)

Capítulo 1: El encuentro inesperado
Conocí a Laura en 2024. No fue en París, ni en una playa de película, ni entre libros en una biblioteca. Fue más sencillo, más de verdad. La conocí trabajando. Llevábamos charlando un rato cuando de repente, me vine arriba y así, sin venir a cuento, le espeté un sonoro y extraño: —¿Tú eres feliz?
Lo solté como quien receta un ibuprofeno. Ella me miró con una mezcla de sorpresa, y algo parecido a la ternura, y se echó a llorar. De acuerdo, no hacen falta cuatro años de neurociencia para entender la respuesta
La respuesta era no, claro. A veces me sale el alma por la boca y ya está. No supe cómo seguir. Me limité a cambiar de tema como si no hubiera pasado nada. Pero algo pasó. Yo lo supe. Ella también.
Le pedí el teléfono tras darle más vueltas que al examen de farmacología de la carrera y, sorpresivamente, me lo dio con una sonrisa. Llamé esa misma noche no fuera que se le olvidase.

Capítulo 2: La cita, el GPS y el Mercedes más imbécil de la historia
Pocos días después, quedamos. Fue un sábado. Ella vivía a 35 minutos de mi casa. O eso decía Google Maps. Porque la realidad, como siempre, tenía otros planes. Salí con tiempo, trajeado de nervios y con un ramo de rosas que, por tamaño, parecía diseñado para declarar la paz entre dos países. 
El coche, un Mercedes altivo y engreído, se confabuló con el GPS para arrastrarme por caminos de tierra más propios de una etapa del Dakar que de una cita. Me llegué a cruzar con un tractor cuyo conductor me miró incrédulo. Procuré no devolver la mirada y tirar como si estuviese plenamente convencido de que el camino era el correcto. No lo era. Tardé una hora y cincuenta en hacer un trayecto que, en teoría, no llegaba ni a media. Aprendí una lección importante: da igual cuánto pagues por un coche, si confías en él a ciegas, puedes acabar en un sembrado. O peor: llegar tarde a tu primer intento de amor en años. Llegué con unos minutos de antelación y con la música a tope, como un quinqui sin la EGB. 


Pero llegué. El ramo de rosas lo saqué del coche. Hacía más calor que asfaltando en Dubái. Lo metí de nuevo en el coche. Lo saqué. Lo volví a meter. Lo ajusté. Lo desajusté. En total, lo manipulé como cincuenta veces antes de atreverme a enviar el WhatsApp de «he llegado»-
Y ella salió. Y todo mereció la pena. Cenamos en un japonés al que jamás habría ido por voluntad propia, pero que me supo a gloria. Ella pidió un paseo después. Acepté encantado. El aire de la noche era templado, y el parque que encontramos nos pareció el escenario perfecto para una conversación absurda, una risa tonta y, sin planearlo, una pregunta.

Capítulo 3: La pregunta peor construida de mi vida
Y allí, de pie bajo un farol algo tristón, y los nervios algo más tranquilos, le solté la frase más ridícula y sincera del mundo:
—¿Te gustaría ser mi novia?
No un “¿quieres?”, que habría sonado más digno. No, un “¿te gustaría?”, que parecía una encuesta de satisfacción y una declaración tímida a la vez. Y sin embargo, ella sonrió. Me miró con esos ojos que parecen saber más de ti que tú mismo. Y dijo que sí. Y entonces añadió, sin perder un segundo: —Pues como ya soy tu novia, te voy a empezar a hacer preguntas de novia.
Prefiero no especificar aquí la batería de cuestiones que me lanzó, por respeto a los lectores y a mi dignidad. Pero salí airoso. O eso me gusta pensar.

Ramo de 12 rosas que le regalé en nuestra primera cita.
Ramo de 12 rosas que le regalé en nuestra primera cita.

Capítulo 4: La vuelta, la policía y el brillo en los ojos
La dejé en su casa ya de madrugada, con el corazón inflado como una vela mayor. Me subí al coche y, mientras me alejaba entre caminos rurales, rotondas desiertas y farolas melancólicas, sentí que algo había cambiado. Que el mundo, de pronto, se me hacía más pequeño. Más claro.
Y entonces, al entrar en mi barrio, me paró la policía
—¿De dónde viene, caballero? 
No sé si por nervios, por vanidad o por simple felicidad, pero respondí con el pecho hinchado de una manera tan ridícula como triunfante: —De dejar a mi novia en su casa.
El agente asintió. No dijo nada más. Pero yo lo vi. En su gesto, en sus ojos, había un brillo que sólo puede provenir de alguien que también, alguna vez, estuvo enamorado.

Ha pasado el tiempo, y ya el único GPS que uso es el de mi corazón que, ahora sí, me conduce por los caminos del amor. Y este viaje no tiene final.

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